Epístola I El Destino Odiado La ilusión quebrantada
Por Miguel Guerra León
Querida minoría: Una vez ví como un hombre, para alentar a una niña discapacitada, daba como ejemplo a otro discapacitado. Éste había dejado su silla de ruedas para lograr ponerse en pie. Sin embargo, el andar de éste sujeto era torpe, inclinaba su cuerpo hacia un costado a consecuencia de una polio severa que lo afecto de niño. Cada paso que sentaba, era un esfuerzo que hacia endurecer su rostro, y para colmo, su lenguaje era un balbuceo que hubiera podido distorsionar cualquier idioma del planeta. Además era una persona de baja estatura, de cabellos desordenados, mal vestido y de rostro carente de atractivo. El presentador afanado por su discurso, dijo lo siguiente: “Acá está Víctor, quien hace 25 años estaba postrado en su silla de ruedas, tal como tú lo estás ahora Roxanita, pero pronto, tú también podrás caminar como él”. La niñita miraba desconcertada, noté confusión en su cabecita bien peinada. Al instante pensé, ¿Cómo no va a tener esa mirada tan desorientada, si lo que anda mal en ella son sus piernas, no su cabeza? Es decir, esa pequeña desea, anhela y sueña con ser como la cantante de moda, o acaso una eminente doctora, o empresaria, o bailarina, y de seguro, quisiera ser la niña que tiene al niño más bonito como novio. Ella le reza a un dios para convertirse en una mujer normal, no quiere ser una mujer que luego de dejar su mugrosa silla, siga siendo minusválida. No desea ser como Víctor, porque él es feo, es diferente, y ella sabe lo doloroso que es eso. Además, como podrán imaginar, Víctor no solo posee una vida llena de necesidades, él tiene una vida desgraciada, no disfruta de un buen empleo, tampoco tiene un seguro social, no posee una familia, ni tiene una novia y jamás, ha recibió una educación de verdad.
Roxanita, odia a las niñas crueles que se burlan de su tragedia. Sin embargo, muy en el fondo, a ella le gustaría ser una de esas niñas pesadas, porque aquellas, nacieron con una genética sana y porque tienen una familia al estilo de una película americana. Me parecía escuchar, que en el interior de la pequeña retumbaba un quejido que decía: ¡Porque como él, como él No!
Todo esto sucedió en menos de 3 minutos, en un evento anual dedicado a recaudar fondos para niños discapacitados. Este acontecimiento, se alimentó de la caridad de hombres y mujeres que buscan sentirse bien consigo mismos. Ése escuadrón obsequiaba dinero para conquistar la paz que su espíritu vanidoso exige. Y es que un óbolo, calma la podredumbre de la psiquis.
Me he percatado, que la limosna se presenta de muchas formas, así vemos que las donaciones exorbitantes hechas por grandes empresas, sólo es marketing social, es decir, estrategias simplistas que buscan ganar y posicionar el nombre de su marca, empresa o servicio. Asimismo he percibido que él ciudadano común (como usted ó como yo), da limosna con la vanidad de ser más sobresaliente en comparación a otro hombre. Estos últimos, sólo se ayudan a sí mismos, alimentando su orgullo con el hambre de otro ser humano.
Para no malentender los párrafos de esta primera epístola, debemos continuar diciendo que el presentador, antes de finalizar su monólogo barato se acerca a Víctor y le dice: “Para concluir podrías ofrecer unas palabras a Roxanita”. Sin embargo, él se preguntaba: ¿Ahora qué le digo, mira hijita algún día podrás caminar así de cojo como yo?
En esos instantes la pequeña deseaba darle una patada voladora a ese viejo estúpido. Y por supuesto, ¿Quién no se atrevería a romperle el hocico con una patada? Acaso no conocía las pinturas de Frida Kahlo, la sordera de Beethoven, al izquierdista Javier Diez Canseco ó al campeón paralimpico Saúl Mendoza. Existen comparaciones y vulgaridades que arranca la existencia de golpe. Como azotes que abren el alma para marcarla de por vida.
Después de un breve silencio, Víctor lanza su improvisado mensaje: “Espero que le vaya bien, que tenga suerte pues”. Automáticamente el público dispara una ráfaga de aplausos que cierran el espectáculo. Sin embargo, el telón de la vergüenza perdurará con un dolor más intenso que los dos sujetadores que encadenan sus piernas, más profundas que las frías marcas de sus muletas.
Sin otro particular, un abrazo. |